Hace 5 años, sólo los más geeks sabíamos lo que era un LLM, o una “IA” como la conoce el mundo hoy. El ser humano era el único en el reino del lenguaje. Nunca antes los seres humanos habíamos tenido que usar el lenguaje para interactuar con algo que no es humano, y que, además, todavía no definimos qué es.
Entre idiomas teníamos un reto de comunicación, entre culturas, incluso entre especies. Pero la llegada de los LLM nos cambia el panorama por completo. Y además, estamos viendo una aceleración exagerada de estas tecnologías. No sabemos hasta dónde llegarán, pero sabemos que ya son parte indiscutible de nuestras vidas. Y tenemos que aprender a comunicarnos con ellas.
Creo que incluso el concepto de “prompts” se queda corto. Pero parece ser una pieza indispensable para comprender los primeros eslabones de esta nueva comunicación inter-“especie(?)”.
El prompt como puente epistemológico
Nosotros esperamos que la IA haga lo que queremos, y bien hecho. Pero muchas veces, ni siquiera tenemos claro lo que queremos.
Immanuel Kant nos presentó el concepto de lo noúmeno: un aspecto de la existencia que aloja aquello que es en abstracción o en pensamiento antes de ser un acto, un fenómeno o una materialización. Kant distingue dos niveles de la realidad —lo noúmeno y lo fenomenológico. El primero ya lo explicamos; el segundo es todo aquello que pasa a expresarse de manera observable en la realidad.
¿No les suena? Algo así como el Prompt y el Output…
Permítanme la referencia como analogía epistemológica. Para pedirle a la IA cualquier resultado, tenemos que desarrollar la autoconciencia y la auto-observación —aquí me gusta invocar el concepto oriental de la contemplación introspectiva. Tenemos que ser capaces de verbalizar nuestro pensamiento y su lógica, de forma clara y entendible. Parece inocente, pero la gran mayoría de las personas no se detienen ni un segundo a cuestionar de dónde viene su comportamiento, sus creencias o sus emociones.
Así que propongo que el primer paso para construir un buen prompt sea análogo: tomar papel y pluma. Vaciar nuestra mente sobre el papel. Es verdaderamente importante, e incluso liberador.
En términos epistemológicos, redactar un prompt constituye la externalización de nuestra estructura mental. La solidez de ese puente depende enteramente de la claridad con la que logramos traducir nuestros conceptos abstractos al lenguaje. Cuando logramos una instrucción luminosa, el resultado guarda una profunda fidelidad a la nitidez de nuestro propio propósito.
Los cuatro pilares de una instrucción
Instrucción
El propósito y la dirección clara de lo que buscamos.
Contexto
El origen de nuestro interés, la cadena lógica y el entorno que rodea la petición.
Formato
La estructura externa en la que deseamos recibir el resultado.
Restricciones
Las delimitaciones precisas de lo que debe y no debe abarcar el proceso.
Cuatro marcos heurísticos
Propongo abandonar la frialdad técnica y abrazar cuatro marcos inspirados en grandes pensadores de la humanidad.
El Método Socrático
Sócrates lanzaba una pregunta al aire, un silogismo potente casi desprovisto de contexto adicional. La técnica consiste en formular una pregunta poderosa, con objetivo clarísimo e instrucción precisa.
Creamos un nodo de entrada muy pequeño, pero la respuesta cubre un espectro amplísimo de perspectivas. Fértil cuando confiamos en la lucidez de nuestra propia dirección.
El Método Feynman
Feynman nos enseñó que para comprender cualquier tema hay que reducirlo a su núcleo y trabajarlo por refuerzo. Tomamos un tema complejo y lo acompañamos de analogías que muestran al algoritmo los patrones subyacentes.
Especialmente valioso cuando nuestro propio marco mental está en construcción y necesitamos que el sistema detecte la estructura profunda del objetivo.
El Método Holmesiano
Si sucede un evento, este provoca una consecuencia, que nos lleva al resultado más probable. La instrucción se convierte en una narrativa de nuestro propio viaje cognitivo.
Al vaciar nuestras cadenas lógicas y deducciones en el prompt, permitimos que el sistema replique nuestra inferencia paso a paso, comprendiendo el fundamento profundo del reto.
El Método Junguiano
Jung nos invitó a comprender el entorno a través de arquetipos y simbolismo profundo. Pensemos en los distintos sombreros que usamos: cada uno activa habilidades y filtros cognitivos distintos.
Sin antropomorfizar la máquina, le pedimos habitar un rol específico —un referente de la alta gastronomía, un pedagogo de primera infancia— y el sistema activa un conjunto de capacidades y vocabulario acordes.
Al integrar estos cuatro marcos, redactar una instrucción deja de ser un trámite técnico para convertirse en un ejercicio de metacognición. Cada método nos invita a explorar facetas de nuestro propio pensamiento, asegurando que el puente hacia la IA esté construido con la solidez de nuestra soberanía cognitiva.
Bianjo Escalera